El síndrome del emperador

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¡Cuánto anhelamos las madres y los padres la felicidad de nuestros hijos e hijas! Desde que nacen asumimos la función y nos entregamos a la tarea para que no les falte de nada, tanto en  el ámbito  material como en el afectivo. Les concedemos muchos caprichos, les llenamos de juguetes, va…si total, son objetos con poco valor, los tienen todos sus amiguitos-as…. ¿qué nos importa?, si los-as   vemos contentos-as. El gran Wyoming lo formula claramente, ahora los hijos e hijas son nuestro proyecto de vida, antes los niños y las niñas éramos, dicho con cierta ironía, una consecuencia.

Como los padres y las madres no queremos fracasar en este nuevo proyecto intentamos tenerlo controlado absolutamente todo, y concretamente no queremos que nuestros niños y niñas sufran, ni un poquito, por asuntos naturales en la edad y así, pocas veces no obtienen lo que quieren, o no comen lo que quieren o no tienen planes maravillosos para el fin de semana o fiestas de cumpleaños inolvidables. Nos esforzamos tanto… que solemos acabar exhaustos, exhaustas… 

Criando a un hijo o hija el tiempo pasa volando. En algunas ocasiones, sin embargo, según se van haciendo mayores aquello que aprendieron e interiorizaron en los primeros años se va corregido y aumentado en la adolescencia y se puede llegar a convertir en un problema. Rilke decía que la infancia es la verdadera patria del ser humano. Desde que nacemos se inicia el proceso de aprendizaje, desde que nacemos debemos conocer los límites, desde que nacen nuestros hijos e hijas debemos ayudarles en todo, pero a veces esa ayuda consiste en no darles todo, en no permitirles todo.

El llamado síndrome del emperador, también conocido como el síndrome del niño tirano, es una conducta que se manifiesta en niños–as y adolescentes con comportamientos dominantes, manipuladores y desafiantes hacia las figuras de autoridad, especialmente hacia sus padres y madres. De este modo, el menor asume un papel de control y poder, invirtiendo la jerarquía natural.

Estos niños-as y adolescentes tienden a mostrar una falta de empatía hacia los demás, así como una dificultad para establecer límites y respetar las normas. Este comportamiento puede resultar en conflictos familiares significativos, pudiendo afectar seriamente en la armonía del hogar y generando estrés en los que le rodean, especialmente en sus padres y madres.

 A menudo el origen se encuentra en la sobreprotección parental o la falta de límites adecuados desde una edad temprana. Cuando los niños-as no aprenden a tolerar la frustración y enfrentar las consecuencias de sus acciones, pueden desarrollar actitudes egocéntricas y desafiantes, que en ocasiones son difíciles de reconducir.

La doctora María Velasco explica que no todo lo que nos hace sentir mal es negativo,  plantea que todos nacemos con un cierto grado de narcisismo y tenemos que aprender a desarrollar capacidades que nos ayuden a crecer en la adversidad, esas capacidades las desarrollamos, por ejemplo, cuando aprendemos a tolerar y gestionar la frustración.

Afortunadamente nuestros hijos-hijas crecen en entornos en los que no faltan los recursos básicos, sin embargo, no olvidemos que sólo les enseñaremos a superarse y a coger seguridad cuando se enfrenten a las responsabilidades y a las dificultades que corresponden a cada etapa evolutiva.

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